UNA CARTA JAMÁS ENVIADA

A ti, que de mi madre eres hermana.
A ti, a quien no me parezco en nada.
A ti te digo que se acabó esta charada.

Durante mi infancia no te comprometiste;
parecía de tu aprobación indigna
solo por negarme a vestir
delicados encajes y muselinas.

Jugaba con coches, en vez de muñecas,
y si dormir con mis primos pedía,
tus caras eran, de disgusto, muecas.

Para otras eran los regalos que me hiciste,
tus ojos destilaban disgusto al ver mis carnes.
Con tu condescendencia me despreciaste
y ahora por mi indiferencia ¿vienes a quejarte?

Mas, amén de la vil y pretenciosa,
muestras ahora tu cara más odiosa
Pues tus rabietas son cobardes,
por dirigirlas a mi mamá osa.

La vida me enseñó a ser justa,
me hizo fuerte e independiente.
Mías son MIS decisiones,
a mi madre ni la mientes.

Medrosa eres por volcar en ella
todo tu desdén, como una loca.
Te aconsejo que te tragues
el veneno que supura tu boca.

Para que no haya confusiones,
quiero hacerte una advertencia:
o cejas en joder aquello que tocas,
o cuidado conmigo, que soy una loba.

Torrentes y oasis

Tus dedos abrieron profundos torrentes en mi piel. Antaño corría por ellos el amor que me dabas.

Ahora permanecen secos.

Ojalá se borraran de mí tus caricias. Ojalá me olvidase de esa mirada cargada un amor fiero y ardiente. Un amor nacido casi en el instinto; como la fuerza con que los marinos se aferran al barco durante una tormenta.

No quedó nada salvo aquellos profundos surcos que excavaste y que arrasaba tu amor a su paso una y otra vez. Pero cuando me faltó:

Quedé yerma y me sentía tan fría…

Hasta que con incredulidad encontré un brote. Y la vegetación volvió a poblar los torrentes. Crece exuberante como en un oasis. Calma y me recubre con un bálsamo de ternura desde que los torrentes no bajan con bravura destrozando todo a su paso.

Aun así, me sorprendo encontrando, bajo la superficie vegetal, lagunas o pequeños pozos, casi agotados, que se resisten a desaparecer, y guardan tu memoria, recordándome que hubo un tiempo en que tus manos llenaron mi piel de caricias con torrentosa pasión y ardiente urgencia.

Morbidez y alevosía

Estoy tomando un baño bien caliente mientras como un bizcocho especiado, con un vestido negro, sí en la bañera. El agua, espumosa y hasta el borde está muy caliente y tiene aromas de jazmín. Fumo y escucho música de chelo.

Junto a la bañera, una mesita sostiene una botella de cava, fresas, una caja de somníferos… y una cuchilla. Un navaja clásica, brillante, labrada… es preciosa y atrapa de forma recurrente mi mirada.

Alterno los bocados de bizcocho con tragos de cava, y somníferos. Mi mirada sigue ahora las volutas de humo y se pierde con ellas en el aire, danzando con el chelo, dando vueltas sobre sí mismas, dispersándose hasta, como las volutas, desaparecer.

Mi mente, en cambio, es un hervidero de imágenes y pensamientos lóbregos. Mi vida ha pasado sin yo percatarme y la he vivido dejándome llevar a donde otros querían. No le encuentro sentido a seguir viviendo una vida que no es sino lo que otros quieren para mí.

Mi yo resignado y obediente quedó en algún momento separado de mí dejando una sensación de vacío en mi interior. He vivido mucho como otros querían.  «¿Para qué?»

Solo siento ante mí un vacío abismal. ¿Dónde quedaron mis metas y sueños? ¿Qué fue de mi alegría y optimismo? Y mis ganas… ¿Dónde? Lo cierto es que lo que vivía no eran mis metas y sueños, sino lo que otros desearon para mí. Lo que otros deseaban de mí… para sí y mi naturaleza alegre y conformista no me dejó verlo hasta que ahora siento que es tarde.

Apuro el bizcocho, las fresas. Me produce un oscuro placer notar que las burbujas de los últimos tragos de espumoso recorren mi garganta y arrastran con ellas las últimas píldoras.

Juego con el agua y se desborda un poco, esparciendo la espuma por el suelo. Me siento flotar en el agua caliente, siento el vestido pegándose a mi piel y a la vez flotar en el agua,  llenando mi piel de caricias de seda… Me siento al borde de la inconsciencia. Abro los ojos de nuevo e intento abrirme camino entre la bruma que embota mi mente y sentidos.

Es el momento.

Cojo la navaja, que brilla en mis manos con un frío brillo acerado. Me da igual por qué, pero me hipnotiza mi reflejo en ella. Palpo mi ingle derecha buscando el pulso y enseguida noto la palpitación… soy consciente de ella en cada poro de mi ser, mientras acerco la mano armada.

Hundo la navaja buscando la femoral.

Es una sensación ácida, la del metal abriéndose paso a través de mi carne. No es placentera… ¿o sí? La verdad es que me recreo en esa trayectoria ascendente dejando paso a la sangre que sale tiñendo rápidamente agua y espuma.

Dejo la navaja limpia con tranquilidad de vuelta en la mesita, bajo y ajusto por última vez mi vestido antes de hundirme en las sensaciones que me produce la vida mientras la dejo salir de mí.

Juego con el agua mientras dejo que mi consciencia se precipite al abismo que llevo tanto tiempo viendo ante mí.

El agua cada vez más roja.

Mis manos cada vez más lívidas.

Ya no puedo alzarlas…

Mis ojos se cierran.

«¿Para qué?»

Sobre la mesita: un platito, una copa y una botella vacíos, como vacía estaba yo. Como vacía queda la cáscara que envolvía mi ser.

Entre el piropo y el halago

No me llames guapa para piropearme, no creo que la belleza resida en unos cánones inventados y cambiantes.

No admires mi delgadez o gordura, no sabes qué me ha conducido a presentar esa complexión.

No me digas “eres diferente a las demás”, todas somos únicas y “las demás” son mis hermanas, no mis adversarias.

No me llames princesa, soy republicana.

No me llames diosa, soy atea.

No me llames bebé, porque soy una mujer.

Dime que te gustan mis letras, en vez de mis tetas.

Admira mi fuerza interior, si la tengo. Admira mi valentía, admírame si soy sincera, bondadosa, decidida o valiente.

Admira mi determinación, mis habilidades, mis logros.

No somos bellas o feas por mérito propio. Nuestras apariencias no son más que la suma de un puñado de genes en un orden determinado. Sin opción a cambios ni devoluciones.

Así que deja de mirar y empieza a admirar.

Olvida el piropo y haz halagos.

Atardecer en l’Albufera

El atardecer en l’Albufera es un Monet que el viento pincela.
Hay un señor en un mundo más allá del agua que se mira en nuestra realidad.
Acuarela blanca y negra en los azules de l’Albufera.
Los mosquitos en ella se bañan y cruzan las aves sus fronteras.
Brotes verdes lo enmarcan; hasta sus semillas se inclinan hacia el atardecer entre las cañas.
La luz mengua y con ella mueren los cantos de las aves como disueltos en la acuarela.
Celeste y naranja.
Arroz y azahar en l’Albufera.
Las nubes se visten de lava.
El viento se agita, se alteran las cañas.
A casa vuelan de vuelta las garcetas.

Albufera jun2017

La biblioteca (+18)

Estoy en la sala de estudios esperando tu aparición. A menudo desvío mi mirada del ordenador hacia el ojo de buey que hay en la puerta, ansiosa por verte aparecer. Junto mis piernas, las aprieto; no consigo concentrarme por las ganas que tengo de verte, de sentir tus manos sobre mí; tu boca devorando la mía… ya noto ese vacío entre mis piernas pese a la presión al mantenerlas juntas y es en ese momento cuando mi mirada, volviendo al ojo de buey de la puerta, se cruza con la tuya: intensa, apremiante y lasciva acompañada de tu aviesa media sonrisa.

Barro mis cosas con precipitación y estruendo hacia el interior de la mochila y salgo sin preocuparme de si molesto a los demás con mis prisas. Abro la puerta y antes de que se cierre, ya me tienes en tus brazos, abandonada a un beso que se convierte en una vorágine de lenguas, saliva y urgencia. Me separo avergonzada de ti al oír gente en el pasillo. Me sonrojo. Desvío mi mirada de la tuya, que me quema; tú ni tienes vergüenza ni la conoces.

Nos encaminamos hacia las escaleras, cogidos de la mano; noto una urgencia que me quema, me asaltan imágenes de todo lo que haremos y abstraída en mis imaginaciones no me doy cuenta de que tienes otros planes… Es entonces cuando noto un tirón y me encuentro en el pasillo de los servicios. Aun sin entender a dónde, me dejo llevar, en blanco por la excitación de mis ideas.

Cuando mi espalda nota el frío de las baldosas reacciono «¡qué haces!», pero el morbo me consume mientras me besas el cuello y juegas con los límites de mi falda veraniega. Susurrando, me respondes: «mmmh, vamos a echar un polvo épico aquí y ahora». Intento despejar mi mente, el morbo de los sitios públicos queda eclipsado un momento por la posibilidad de que alguien nos vea; pero las horas tardías y la poca afluencia en esos baños, hace que esa posibilidad quede aplastada por la urgencia de nuestro abrazo y por tus dedos, que no se hunden, sino resbalan hacia el interior de mis braguitas. Noto la erección en tus pantalones y, mientras me apoyo en la puerta para no caerme, te la saco de los pantalones. Así nos tocamos, mirándonos a los ojos, sin pronunciar palabra; sin atrevernos casi a respirar.

Cuando creo que no puedo estar más caliente o mojada, te acuclillas y recorres mis pliegues con la lengua, recogiendo, lamiendo y disfrutando, bebiendo y devorándome entera. No puedo más, voy a gritar tan alto… necesito celebrar mi pasión por ti, mi entrega… pero no puedo o nos oirá el campus entero. Así que te aparto de un tirón de pelo, te levanto, tu espalda en la puerta y yo me amordazo contigo, tengo hambre y voy a devolverte el favor. Con pasión, con ganas, con altas dosis de lascivia: con fruición.

Y te ocurre lo mismo. No aguantas mucho hasta que me coges del pelo, suave pero firme y me apoyas de nuevo en la puerta y antes de que me prepare estás dentro de mí. Te has adentrado como un cuchillo caliente en mantequilla, me llenas, te aprieto, coges una de mis piernas, te abrazo con ella, me sacas una teta y la muerdes mientras devoro tus orejas. Empujas… te hundes, te clavas, arrasas mi interior como una bola de demoliciones. No puedo pensar en nada, no veo nada, solo existe el calor, la humedad, tus embestidas, mis acordes y la idea de no poder gritar.

Nos miramos ahora, porque lo has notado; notas el goteo constante corriendo piernas abajo. Sabes que voy a gritar y te pido ayuda con la mirada. Me tapas la boca y toda yo me deshago en tus brazos mientras nuestras miradas siguen atrapadas en las del otro. Tú tampoco puedes aguantar más y al oído me susurras: «¿lo quieres?» Tu voz es fría, tu mente sigue funcionando, no como la mía, que no puede evitar abandonarse a la lujuria cuando estoy contigo. Solo acierto a asentir con una súplica muda. Te noto tan duro, tan inabarcable dentro de mí. Noto tus espasmos, noto cómo llegas a esa especie de tope y empujas hasta que me derrito de nuevo; la única pierna que tengo en el suelo falla, me sujetas y me llenas, haciéndome tuya de nuevo.

Nuestros ojos son lo primero que cambia de una mirada de furiosa excitación a una ternura desmedida. Al besarme, tus labios son suaves y gentiles. Aún estás dentro de mí, a la vez que me comienzas a resbalar por el interior de los muslos, te abrazo y susurro: «vamos a casa, quiero tenerte con calma».

Un grillo en el gris

Hoy me he despertado con un sonido inusual bajo la ventana. 
Entre el tráfico incesante y los esporádicos estallidos de euforia alcoholizada algo captó mi atención.

En medio de esta urbe de hormigón y ladrillos infinita, de estos humos que oprimen el pecho y ensucian las fachadas.

En medio del gentío nocturno y la ausencia de fauna y flora…

Un pequeño grillo canta ajeno a que las hembras no lo encontrarán en este caos inmenso.

Quizá se perdió o quizá quedó atrapado en una corriente de aire que subía por mi fachada.

Quizá naciera ayer y muera mañana.

Quizá la suya sea una canción desesperada.

O quizá simplemente haya venido a decirme que aunque esta urbe de hormigón e infinitos tonos grises nos oprima el pecho, debemos seguir haciendo sonar nuestra canción.

Quizá nadie la oiga… cantemos para nosotros mismos.

Bailemos otra kizomba

La luz es tenue, mis ojos se encuentran con los tuyos, que brillan con una invitación.
Vienes directo, sonriendo de lado; yo te devuelvo la sonrisa. Me gusta ver cómo te acercas a mí: tu expresión, tus movimientos. Ya de frente, mi corazón se acelera. Pones una mano en mi cintura y me rozas la oreja con los labios para susurrarme una pregunta, esa invitación que brillaba en tus ojos. Asiento con la cabeza en respuesta, sin hacer ademán de separarme. La mano que tienes en mi cintura cobra firmeza y me arrastra contigo.
Cuando estamos donde quieres, tu mano derecha va hasta la curva donde muere mi cintura. Mi derecha abraza el pulgar que me ofreces y la izquierda rodea tu cuello. Una de tus piernas entre las mías, rodillas en contacto, también los pies. Mi cabeza recostada contra la tuya, noto tu respiración en mi cuello, maravillosa sensación la de abandonarse… es por eso que cierro los ojos y me quedo suspendida en el limbo, perdida en la cadencia previa al inicio de nuestra danza… esperando.
Cuando el tempo cambia, tensas nuestro abrazo y me conduces a través de la oscuridad. Empezamos despacio… lento, como una toma de contacto, es sencillo. Nos acompasamos enseguida. Ya lo hemos hecho antes.
Llevas mi mano derecha a tu cuello, para que quede abrazada a ti. La tuya, libre, se posa con la otra en la última curva de mi cintura, noto que me envuelves. Te huelo y me cosquillea el estómago. Con los ojos cerrados estoy aquí, pero no soy yo, ni tú eres tú. El ritmo de mi corazón parece no existir, pese a golpear con fuerza mi pecho. No se acompasa a la lentitud del movimiento que mece nuestros cuerpos. Soy consciente de cada punto en que nuestra piel entra en contacto; me noto arder.
El sudor me perla la espalda y la frente como gotas de rocío. Tus manos marcan el ritmo de mis caderas: pasos simples, dobles, cruces, figuras, pausas… contenido frenesí, que queda por unos segundos suspendido; unos segundos que son tan interminables como fugaces.
Llevas el timón, tuyo es el barco. Nos separas y nos unes de nuevo, no sabría decir si me acuerdo de respirar. Solo sé que me pierdo en tus brazos.
Los dos, conocidos o desconocidos, somos uno durante este lapso temporal. Ambos nos rendimos al contacto con el otro.
Pero la música se acaba y con ella muere nuestra conexión. Tus manos aflojan nuestro abrazo y, al separarnos, es como si me volviera de plomo repentinamente. Quiero repetirlo, abandonarme; rodéame con tus brazos de nuevo.
Bailemos otra kizomba.

Nosotros

Nos quisimos adolescentes,
nos quisimos con granos,
nos quisimos ardientes
y sin oros lo demostramos.

Nos queremos adultos,
nos queremos enfadados,
nos queremos como antes
estemos juntos o separados.

Nos querremos viejos,
nos querremos arrugados,
y aun sin nuestros dientes,
nos amaremos ardientes.

Nos queremos fuertes,
nos queremos derrotados.
Nos echen lo que nos echen,
juntos lo superamos.

Un regalo a destiempo… ¿sigue siendo un regalo?

Quería hacerte un regalo y no se me ocurría el qué que no tuvieras ya. Así que pensé en un relato, pero no encontraba palabras que dedicarte que no hubiera expresado ya.
Un día, me contaron este cuento… como caído del cielo. Pensé en mandártelo, aunque sin una dirección a la que enviar las palabras, estas seguían sin poder llegar.
Ahora, siendo ya tarde para ofrecértelo, lo dejo aquí; en mi casi vacío cajón de-sastre, con la esperanza de que algún día te pasees por aquí, lo leas y te sonrías dándome la razón. Espero que te guste… y te sirva.

Plaerdemavida.

El anillo del rey

Hace mucho tiempo hubo un Rey que dijo a los sabios de su corte: «He ordenado que me fabriquen un hermoso anillo con el mejor de los diamantes. Deseo guardar en su interior un mensaje que me ayude en los momentos difíciles, que ayude a mis herederos y a los herederos de mis herederos y debe ser breve, para que quepa bajo el diamante».

Los sabios, capaces de grandes obras y altos pensamientos, después de mucho reflexionar sobre tan curiosa petición, no acertaron a encontrar nada satisfactorio.

Sin embargo, el rey tenía un anciano sirviente que había cuidado de él al morir sus padres, siendo todavía niño. Como sentía una gran estima por su antiguo ayo, decidió consultarle. El anciano dijo: «No soy un sabio, ni tampoco sé gran cosa. Pero en otro tiempo estuve con un hombre santo. Cuando tuvimos que despedirnos me regaló estas palabras que escribió en un papel. Ahora yo te las ofrezco a ti con la condición de que las pongas bajo el diamante y no las leas hasta que te encuentres en un momento de necesidad».

Un año después, el país fue invadido ¿y el Rey? derrotado. Sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y pronto le darían caza. Ya podía escuchar el galope de los caballos. Así llegó ante el borde un precipicio, sin posible marcha atrás. Fue entonces cuando se acordó del anillo, lo abrió y leyó:      TAMBIÉN ESTO PASARÁ.    Enseguida dejó de escuchar el galope de los caballos que lo perseguían y, poco más tarde, se encontraba libre de asechanzas.

Lentamente y con esfuerzo, reagrupó a su ejército y reconquistó el reino. El día en que entró victorioso en la capital, se celebraron grandes banquetes y bailes. El Rey se sentía poderoso e invencible entre todo aquel esplendor. Mas, entre la multitud que le aplaudía, distinguió al anciano y se acercó a él. Este en vez de alabarle, le dijo: «Debes leer de nuevo las palabras que escondes en tu anillo». El Rey contestó que aquella no era una situación de necesidad; pero el anciano insistió y volvió a leer:   TAMBIÉN ESTO PASARÁ.

El anciano sirviente recitó lo que el rey ya había comprendido: «Todo se lo lleva el tiempo, nada permanece. La victoria y la derrota, el amor y la ausencia, la dicha y la penalidad, como los días y las noches. Así es el mundo. Acéptalo como es y aprende de tus experiencias.

Cuento de tradición oriental.
Anónimo.