La biblioteca (+18)

Estoy en la sala de estudios esperando tu aparición. A menudo desvío mi mirada del ordenador hacia el ojo de buey que hay en la puerta, ansiosa por verte aparecer. Junto mis piernas, las aprieto; no consigo concentrarme por las ganas que tengo de verte, de sentir tus manos sobre mí; tu boca devorando la mía… ya noto ese vacío entre mis piernas pese a la presión al mantenerlas juntas y es en ese momento cuando mi mirada, volviendo al ojo de buey de la puerta, se cruza con la tuya: intensa, apremiante y lasciva acompañada de tu aviesa media sonrisa.

Barro mis cosas con precipitación y estruendo hacia el interior de la mochila y salgo sin preocuparme de si molesto a los demás con mis prisas. Abro la puerta y antes de que se cierre, ya me tienes en tus brazos, abandonada a un beso que se convierte en una vorágine de lenguas, saliva y urgencia. Me separo avergonzada de ti al oír gente en el pasillo. Me sonrojo. Desvío mi mirada de la tuya, que me quema; tú ni tienes vergüenza ni la conoces.

Nos encaminamos hacia las escaleras, cogidos de la mano; noto una urgencia que me quema, me asaltan imágenes de todo lo que haremos y abstraída en mis imaginaciones no me doy cuenta de que tienes otros planes… Es entonces cuando noto un tirón y me encuentro en el pasillo de los servicios. Aun sin entender a dónde, me dejo llevar, en blanco por la excitación de mis ideas.

Cuando mi espalda nota el frío de las baldosas reacciono «¡qué haces!», pero el morbo me consume mientras me besas el cuello y juegas con los límites de mi falda veraniega. Susurrando, me respondes: «mmmh, vamos a echar un polvo épico aquí y ahora». Intento despejar mi mente, el morbo de los sitios públicos queda eclipsado un momento por la posibilidad de que alguien nos vea; pero las horas tardías y la poca afluencia en esos baños, hace que esa posibilidad quede aplastada por la urgencia de nuestro abrazo y por tus dedos, que no se hunden, sino resbalan hacia el interior de mis braguitas. Noto la erección en tus pantalones y, mientras me apoyo en la puerta para no caerme, te la saco de los pantalones. Así nos tocamos, mirándonos a los ojos, sin pronunciar palabra; sin atrevernos casi a respirar.

Cuando creo que no puedo estar más caliente o mojada, te acuclillas y recorres mis pliegues con la lengua, recogiendo, lamiendo y disfrutando, bebiendo y devorándome entera. No puedo más, voy a gritar tan alto… necesito celebrar mi pasión por ti, mi entrega… pero no puedo o nos oirá el campus entero. Así que te aparto de un tirón de pelo, te levanto, tu espalda en la puerta y yo me amordazo contigo, tengo hambre y voy a devolverte el favor. Con pasión, con ganas, con altas dosis de lascivia: con fruición.

Y te ocurre lo mismo. No aguantas mucho hasta que me coges del pelo, suave pero firme y me apoyas de nuevo en la puerta y antes de que me prepare estás dentro de mí. Te has adentrado como un cuchillo caliente en mantequilla, me llenas, te aprieto, coges una de mis piernas, te abrazo con ella, me sacas una teta y la muerdes mientras devoro tus orejas. Empujas… te hundes, te clavas, arrasas mi interior como una bola de demoliciones. No puedo pensar en nada, no veo nada, solo existe el calor, la humedad, tus embestidas, mis acordes y la idea de no poder gritar.

Nos miramos ahora, porque lo has notado; notas el goteo constante corriendo piernas abajo. Sabes que voy a gritar y te pido ayuda con la mirada. Me tapas la boca y toda yo me deshago en tus brazos mientras nuestras miradas siguen atrapadas en las del otro. Tú tampoco puedes aguantar más y al oído me susurras: «¿lo quieres?» Tu voz es fría, tu mente sigue funcionando, no como la mía, que no puede evitar abandonarse a la lujuria cuando estoy contigo. Solo acierto a asentir con una súplica muda. Te noto tan duro, tan inabarcable dentro de mí. Noto tus espasmos, noto cómo llegas a esa especie de tope y empujas hasta que me derrito de nuevo; la única pierna que tengo en el suelo falla, me sujetas y me llenas, haciéndome tuya de nuevo.

Nuestros ojos son lo primero que cambia de una mirada de furiosa excitación a una ternura desmedida. Al besarme, tus labios son suaves y gentiles. Aún estás dentro de mí, a la vez que me comienzas a resbalar por el interior de los muslos, te abrazo y susurro: «vamos a casa, quiero tenerte con calma».

Un grillo en el gris

Hoy me he despertado con un sonido inusual bajo la ventana. 
Entre el tráfico incesante y los esporádicos estallidos de euforia alcoholizada algo captó mi atención.

En medio de esta urbe de hormigón y ladrillos infinita, de estos humos que oprimen el pecho y ensucian las fachadas.

En medio del gentío nocturno y la ausencia de fauna y flora…

Un pequeño grillo canta ajeno a que las hembras no lo encontrarán en este caos inmenso.

Quizá se perdió o quizá quedó atrapado en una corriente de aire que subía por mi fachada.

Quizá naciera ayer y muera mañana.

Quizá la suya sea una canción desesperada.

O quizá simplemente haya venido a decirme que aunque esta urbe de hormigón e infinitos tonos grises nos oprima el pecho, debemos seguir haciendo sonar nuestra canción.

Quizá nadie la oiga… cantemos para nosotros mismos.

Bailemos otra kizomba

La luz es tenue, mis ojos se encuentran con los tuyos, que brillan con una invitación.
Vienes directo, sonriendo de lado; yo te devuelvo la sonrisa. Me gusta ver cómo te acercas a mí: tu expresión, tus movimientos. Ya de frente, mi corazón se acelera. Pones una mano en mi cintura y me rozas la oreja con los labios para susurrarme una pregunta, esa invitación que brillaba en tus ojos. Asiento con la cabeza en respuesta, sin hacer ademán de separarme. La mano que tienes en mi cintura cobra firmeza y me arrastra contigo.
Cuando estamos donde quieres, tu mano derecha va hasta la curva donde muere mi cintura. Mi derecha abraza el pulgar que me ofreces y la izquierda rodea tu cuello. Una de tus piernas entre las mías, rodillas en contacto, también los pies. Mi cabeza recostada contra la tuya, noto tu respiración en mi cuello, maravillosa sensación la de abandonarse… es por eso que cierro los ojos y me quedo suspendida en el limbo, perdida en la cadencia previa al inicio de nuestra danza… esperando.
Cuando el tempo cambia, tensas nuestro abrazo y me conduces a través de la oscuridad. Empezamos despacio… lento, como una toma de contacto, es sencillo. Nos acompasamos enseguida. Ya lo hemos hecho antes.
Llevas mi mano derecha a tu cuello, para que quede abrazada a ti. La tuya, libre, se posa con la otra en la última curva de mi cintura, noto que me envuelves. Te huelo y me cosquillea el estómago. Con los ojos cerrados estoy aquí, pero no soy yo, ni tú eres tú. El ritmo de mi corazón parece no existir, pese a golpear con fuerza mi pecho. No se acompasa a la lentitud del movimiento que mece nuestros cuerpos. Soy consciente de cada punto en que nuestra piel entra en contacto; me noto arder.
El sudor me perla la espalda y la frente como gotas de rocío. Tus manos marcan el ritmo de mis caderas: pasos simples, dobles, cruces, figuras, pausas… contenido frenesí, que queda por unos segundos suspendido; unos segundos que son tan interminables como fugaces.
Llevas el timón, tuyo es el barco. Nos separas y nos unes de nuevo, no sabría decir si me acuerdo de respirar. Solo sé que me pierdo en tus brazos.
Los dos, conocidos o desconocidos, somos uno durante este lapso temporal. Ambos nos rendimos al contacto con el otro.
Pero la música se acaba y con ella muere nuestra conexión. Tus manos aflojan nuestro abrazo y, al separarnos, es como si me volviera de plomo repentinamente. Quiero repetirlo, abandonarme; rodéame con tus brazos de nuevo.
Bailemos otra kizomba.

Nosotros

Nos quisimos adolescentes,
nos quisimos con granos,
nos quisimos ardientes
y sin oros lo demostramos.

Nos queremos adultos,
nos queremos enfadados,
nos queremos como antes
estemos juntos o separados.

Nos querremos viejos,
nos querremos arrugados,
y aun sin nuestros dientes,
nos amaremos ardientes.

Nos queremos fuertes,
nos queremos derrotados.
Nos echen lo que nos echen,
juntos lo superamos.

Un regalo a destiempo… ¿sigue siendo un regalo?

Quería hacerte un regalo y no se me ocurría el qué que no tuvieras ya. Así que pensé en un relato, pero no encontraba palabras que dedicarte que no hubiera expresado ya.
Un día, me contaron este cuento… como caído del cielo. Pensé en mandártelo, aunque sin una dirección a la que enviar las palabras, estas seguían sin poder llegar.
Ahora, siendo ya tarde para ofrecértelo, lo dejo aquí; en mi casi vacío cajón de-sastre, con la esperanza de que algún día te pasees por aquí, lo leas y te sonrías dándome la razón. Espero que te guste… y te sirva.

Plaerdemavida.

El anillo del rey

Hace mucho tiempo hubo un Rey que dijo a los sabios de su corte: «He ordenado que me fabriquen un hermoso anillo con el mejor de los diamantes. Deseo guardar en su interior un mensaje que me ayude en los momentos difíciles, que ayude a mis herederos y a los herederos de mis herederos y debe ser breve, para que quepa bajo el diamante».

Los sabios, capaces de grandes obras y altos pensamientos, después de mucho reflexionar sobre tan curiosa petición, no acertaron a encontrar nada satisfactorio.

Sin embargo, el rey tenía un anciano sirviente que había cuidado de él al morir sus padres, siendo todavía niño. Como sentía una gran estima por su antiguo ayo, decidió consultarle. El anciano dijo: «No soy un sabio, ni tampoco sé gran cosa. Pero en otro tiempo estuve con un hombre santo. Cuando tuvimos que despedirnos me regaló estas palabras que escribió en un papel. Ahora yo te las ofrezco a ti con la condición de que las pongas bajo el diamante y no las leas hasta que te encuentres en un momento de necesidad».

Un año después, el país fue invadido ¿y el Rey? derrotado. Sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y pronto le darían caza. Ya podía escuchar el galope de los caballos. Así llegó ante el borde un precipicio, sin posible marcha atrás. Fue entonces cuando se acordó del anillo, lo abrió y leyó:      TAMBIÉN ESTO PASARÁ.    Enseguida dejó de escuchar el galope de los caballos que lo perseguían y, poco más tarde, se encontraba libre de asechanzas.

Lentamente y con esfuerzo, reagrupó a su ejército y reconquistó el reino. El día en que entró victorioso en la capital, se celebraron grandes banquetes y bailes. El Rey se sentía poderoso e invencible entre todo aquel esplendor. Mas, entre la multitud que le aplaudía, distinguió al anciano y se acercó a él. Este en vez de alabarle, le dijo: «Debes leer de nuevo las palabras que escondes en tu anillo». El Rey contestó que aquella no era una situación de necesidad; pero el anciano insistió y volvió a leer:   TAMBIÉN ESTO PASARÁ.

El anciano sirviente recitó lo que el rey ya había comprendido: «Todo se lo lleva el tiempo, nada permanece. La victoria y la derrota, el amor y la ausencia, la dicha y la penalidad, como los días y las noches. Así es el mundo. Acéptalo como es y aprende de tus experiencias.

Cuento de tradición oriental.
Anónimo.

Esta guerra es de todos

«Una mattina mi sono alzata e ho trovato l’invasor»

Ahí frente a mí, de poderosa figura en el alba claroscura.
Eché a correr y él, sin prisa, mis pasos siguió.
Busqué refugio sin hallarlo, busqué piedad y me despreciaron.
Sabíamos ambos que me alcanzaría y sin golpe alguno me abatió.

«bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao ciao…»

Malherida pedí socorro.
Asustada supliqué auxilio.
En mi ayuda no acudieron jueces, policías ni caudillos.
Sola volvía a casa y de camino recogía los jirones.
Los jirones de mi ropa.
Los jirones de mi infancia.
De mi alma, los jirones.
Mas mis piernas hechas trizas, continuar no pudieron.
Me derrumbé en una esquina buscando refugio tras la paliza.
Noté que unos brazos me recogían. Sutil abrazo. Yo en el aire suspendida.
De mi boca salían susurros, la sangre de mi cabeza.

«oh partigiano, portami via, che mi sento di morir»

Mi cuerpo se enfriaba y a penas lo oí pedirme que aguantara.
El dolor mi cuerpo abrasaba. La vergüenza mi espíritu asfixiaba.
De mi cabeza brotaba la sangre.
La culpa mis labios sellaba.
Los cuerpos son herméticos porque encierran la vida.
Ahora esta se me escapa por cada una de las heridas.

«mi seppelire, su’ la montagna soto l’ombra d’un bel fior»

Me elevo entre las nubes y algo llama mi atención:
en las calles hay bullicio, se oye una canción.
Es la canción de las mujeres, convertida en un clamor.
La justicia en su ceguera ha apoyado al violador.
Las voces se alzan. Claman ”justicia” con ardor.
En las calles hay un susurro «muerte al invasor».
Mi madre sobre mi cuerpo llora.
Adorna mi cabeza con flores.
Mamá, nada puede dañarme ahora.
Por favor por mí no llores.
De sus ojos caen las lágrimas y la despedida la pronuncian sus labios:

Adiós, mi niña, adiós mi amor.

«oh bella ciao, ciao, ciao…»

Yo condené a una sirena

Prendado quedé de su belleza y su voz cuando la oí bajo el mar.

Pensó que me rescataba. Yo a traición la fui a buscar. Su cola entre mis redes atrapé y así enredada, su libertad le arrebaté.

La llevé tierra adentro y su piel se secó, pero no salieron dos piernas. Ese es solo un sacrificio por amor.

Su voz en tierra no se oye, solo canta bajo el mar. Así que de agua construí una atalaya, para oirla cantar.

Ella es mi refugio y mi secreto. A nadie el lugar revelaré.

Mi sirena en su atalaya la vida ve pasar, sus escamas pierden brillo y se niega a cantar.

Jamás la veré si la devuelvo. Con este secreto moriré. Mi sirena es mi tesoro. A ella no renunciaré.

Mi sirena está perdida. Pronto me iré. Ella esperará en su atalaya que la visite hoy también.

Lentamente su vida languidece. Triste bajo el agua canta. Su canción del hombre avaro trata, que la condenó a morir en aquella atalaya.