​Tumbada en mi cama, pienso:

¿Por qué estas distancias?
¿Por qué este silencio?
¿Por qué así me atrapas?
¿Y solo deseo tus besos?

Tumbada en mi cama
deseo tus brazos,
que beses mi cuello
y me digas «te amo».

¿Cómo llamarte si no me oyes?
¿Cómo a ti, lucero, alcanzarte?
¿Cómo pedirte «no me abandones»?

Fría siento la cama sin ti…
No hay paz ni sosiego,
ni calmar puedo este frenesí.

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Deseo, vodka y tequila

Tú y yo solos. Sin tocarnos, sin acercarnos. Tú y yo intentando mantener una charla casual.

Tú: camiseta y pantalones oscuros, como casi siempre. Hueles bien… mejor que bien. Sé que existen restricciones. Reglas.

Yo: Me he puesto un vestido que, sin ser parco en tela, al sentarme se subirá ligeramente. Espero provocarte un poco. Solo un poco. Quiero jugar con los límites de esas reglas, coquetear con lo que tengo prohibido. Me he hecho a la idea de que esta noche no te tendré, pero me gusta pensar que mirarás mis piernas y desearás subirme el vestido lentamente mientras las acaricias.

Tú y yo entre cuatro paredes: sacas las botellas de la bolsa y sirves un poco en cada vaso. Añades hielo y algo con lo que rebajar esos casi 40º. Me pones mala cara cuando te digo que la mía no la cargues mucho. Me pones mala, malita… me pones, a secas. Quiero mantener la cabeza fría el mayor tiempo posible, porque estoy nerviosa. Las botellas nos acompañan de la cocina al salón y de camino añadimos una petaca y dos vasitos. Debo serenarme, aunque no se me dé bien.

Tú y yo sentados en el sofá. Los tragos corren. Yo me pierdo en la conversación, cada vez más influenciada por el alcohol. Sé que me río; sé que me estás dando más de beber de lo que yo podré aguantar esta noche, pero algo me impele a seguirte el juego, nunca he sabido negarme. Espero que mi mirada no me delate demasiado. Al menos no todavía, mientras aún podrías leerla y aprovecho que te levantas a buscar hielo para mirarte a hurtadillas. Tu figura delgada, siempre vistiendo manga corta. Andares un poco desgarbados. Brazos largos. Pelo corto: como me gusta. Intento recomponerme mientras no estás; recuperar la compostura… solo para caer más hondo cuando regresas.

Tú y yo cada vez más cerca, como si no nos diéramos cuenta; pero sí… Al menos yo sí soy consciente del calor que desprende tu piel aun sin tocarla ¿podría ser el calor de mi propio cuerpo lo que percibo? No esperaba esta situación, esta tensión me seca la boca y necesito beber más a menudo de lo aconsejable. No quiero estar en esta tesitura… Pero mentiría si dijera que no deseo romper las reglas esta noche de vodka y tequila. Tú hablas. Estás muy hablador hoy ¿Puede ser que estés nervioso? Me gusta oírte; me gusta imaginarte nervioso por mi cercanía, por la electricidad del ambiente y que no sé si es o no imaginación mía.

No sabría decir si te estoy escuchando, aunque participe, porque mi mirada va de tus ojos profundos a tu boca, después a tu garganta. Tu nuez prominente me llama; quiero lanzarme a por ella, cada vez me cuesta más no hacerlo. Me derrito cuando una de tus manos se posa en mi rodilla, como por casualidad. Me derrito entera imaginando que no ha sido un movimiento casual, aunque espero que te parezca que no le doy importancia. ¿Por qué este gesto si nunca lo habías tenido conmigo?

«Qué manos tan pequeñas» dices. Mi mente viaja por ocurrencias bochornosamente lúbricas. El alcohol y la libido me nublan. La idea de una de tus manos rodeando mi cuello me estremece y no puedo evitar relamerme como si el trago que acabo de dar hubiera dejado restos en mis labios.

Tú te empeñas en taparme. Dices que estoy fría… Doy gracias a mi piel por ocultar tan bien que en este momento soy fuego. En un pequeño rincón de mí, velado por el calor que siento, algo tintinea con el tierno gesto que has tenido al cubrirme para que no me enfríe.

Más tragos… y una ronda de tequila. Se me hace agua la boca, viendo húmedos tus labios tras beber de tu copa. ¿Cómo sabrá en ellos el vodka? ¿Y el tequila? ¿Me acordaría acaso de su tacto después de tanto tiempo sin probarte?

«¿Te has preguntado alguna vez…?» Ahora sí que me quedo helada por dentro durante lo que me parece una eternidad y resultan ser segundos fugaces en los que mis vísceras ordenan dibujar una gran sonrisa y asentir con la cabeza. Mi mente, empequeñecida, silenciada, no ha podido reaccionar a tiempo. Pero sí impele a los dientes a morderme la lengua para no decir una palabra más. Formula una etérea réplica ¿A qué viene esta pregunta? Que no sale de mis labios. A estos los sello con el borde del vasito lleno de tequila… deseando que no hayas visto la vehemencia de mi gesto. No me atrevo a seguir fijando mi mirada en tus ojos, que me traspasan.

En este momento en que la tensión del ambiente podría cortarse con un cuchillo, recuerdo un favor que me hiciste, por lo visto te ofendería si te lo devolviera… Yo me admito a mí misma que no te negaré tres veces llegado el momento. Cada vez más cerca, tú y yo…

Tú y yo entre cuatro paredes, tú y yo quemándonos por dentro. Tú y yo sin más reglas que las de nuestro particular juego, nada importa ya… todo estalla en llamas. Alimentado el fuego con deseo, vodka… y tequila.

Hechizo de luna

Hoy la luna riela.
En el mar ella, coqueta, se refleja.
Una chica frena sus pasos en el paseo marítimo, desierto a estas horas de la madrugada. Había salido agobiada, atribulada su mente, en busca de que la tranquilidad de la noche se colara en sus huesos. Se queda ahí, de pie en el paseo, quieta, mirando al horizonte, al riel de plata que atrapa su mirada.
Respira hondo: el aire huele a mar y a malvarrosa… la luz de la luna se filtra junto a estos aromas hasta colarse en el brillo de los ojos de esa joven, que queda hipnotizada. La brisa, envolviéndola, cálida, la apremia hacia el mar. Siente esa urgencia devorándola desde dentro.
Se descalza, abandona allí sus sandalias, como si no fuera a necesitarlas más. Siente en sus pies el tacto frío de las baldosas, que le causa un escalofrío. Adelanta un pie, luego el otro. El vestido ligero, casi etéreo, se mueve al compás caprichoso de sus caderas, redibujando con formas sinuosas su contorno mientras camina.
Se detiene de nuevo, esta vez en la orilla; posa sus delicados pies justo donde las olas acaban de lamer la arena , sintiendo así el salado frescor de la plata granulada. Su tacto salado no es el mismo que el de la arena bañada por agua dulce. Cierra los ojos; a su memoria acuden los recuerdos de tardes de verano al sol en un pueblecito de interior. No dura mucho, sin embargo, esta reflexión; pues en cuanto el mar regresa a la orilla, siente el beso suave de las olas; suave y cálido beso, como el de un amante satisfecho. La arena atrapa sus pies, envolviéndolos, haciéndola prisionera, así como la luna atrapa su mirada y embruja su corazón ya acelerado. Este, bate el pecho de la chica, e incluso puede apreciarse (con la atención suficiente) cómo cada latido deja su huella bajo la piel.
La urgencia que tenía por acercarse a la orilla, se transforma en la necesidad visceral de meterse en el agua; notar cómo las olas bañan su cuerpo. Se desprende despacio del vestido, con cierto pudor, pues la luz de la luna llena la ilumina completamente, transformándola en una criatura más legendaria que terrenal. Así, desnuda, se queda un momento más, admirando la luz perfecta de esa noche calma, en la que las olas parecen susurrar su nombre seguido de una invitación. Los brazos, relajados, los labios curvados en una sonrisa, la cabeza alta, por tener la luna atrapada su mirada. Hundida ya hasta los tobillos en la suave arena de la playa desierta, siente la brisa acariciar su pecho… sus nalgas… se estremece.
Empieza a andar despacio, entrando en el agua, notando cómo el vaivén de las olas la envuelve y arrastra lejos toda impureza enquistada en su interior; llenándola de paz, de seguridad, de calma y… de pasión. De pasión por el mar profundo e infinito, que siente en cada poro de su piel. Nada, nada hacia dentro y el lecho de arena queda cada vez más lejos de sus pies. Se sumerge en el agua argéntea, su pelo dibuja el movimiento de las olas, casi imperceptible bajo la superficie. Se siente totalmente conectada al mar, forma parte de él y él de ella.
Sale a respirar, llena de nuevo sus pulmones justo en el centro del rodel plateado dibujado en el agua. Se queda ahí, flotando.
Solo una parte de ella recuerda el vestido abandonado en la orilla, sus sandalias olvidadas a propósito en el paseo. Solo una parte de ella da la espalda a la luna, nada hacia la orilla, siempre despacio; recoge su vestido del suelo y se lo pone, dejándolo deslizar hacia abajo. Solo una parte de ella camina sonriente hacia el paseo, donde antes detuvo sus pasos, se siente tan ligera… Recupera sus sandalias y así, renovada, regresa a casa, hasta la próxima noche de insomnio en la que la llame la luna llena.

lalunaenelmarriela