Esta guerra es de todos

«Una mattina mi sono alzata e ho trovato l’invasor»

Ahí frente a mí, de poderosa figura en el alba claroscura.

Eché a correr y él, sin prisa, mis pasos siguió.

Busqué refugio sin hallarlo, busqué piedad y me despreciaron.

Sabíamos ambos que me alcanzaría y sin golpe alguno me abatió.

«bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao ciao…»

Malherida pedí socorro.

Asustada supliqué auxilio.

En mi ayuda no acudieron jueces, policías ni caudillos.

Sola, volví a casa y de camino recogía los jirones.

Los jirones de mi ropa.

Los jirones de mi infancia.

De mi alma, los jirones.

Mas mis piernas hechas trizas, continuar no pudieron.

Me derrumbé en una esquina buscando refugio tras la paliza.

Noté que unos brazos me recogían. Sutil abrazo. Yo en el aire suspendida.

De mi boca salían susurros, la sangre de mi cabeza.

«oh partigiano, portami via, che mi sento di morir»

Mi cuerpo se enfriaba y a penas lo oí pedirme que aguantara.

El dolor mi cuerpo abrasaba. La vergüenza mi espíritu asfixiaba.

De mi cabeza brotaba la sangre.

La culpa mis labios sellaba.

Los cuerpos son herméticos porque encierran la vida. Ahora esta se me escapa por cada una de las heridas.

«mi seppelire, su’ la montagna soto l’ombra d’un bel fior»

Me elevo entre las nubes y algo llama mi atención:

en las calles hay bullicio, se oye una canción.

Es la canción de las mujeres, convertida en un clamor.

La justicia en su ceguera ha apoyado al violador.

Las voces se alzan. Claman ”justicia” con ardor. En las calles hay un susurro “muerte al invasor”.

Mi madre sobre mi cuerpo llora. Adorna mi cabeza con flores. Mamá, nada puede dañarme ahora. Por favor por mí no llores.

De sus ojos caen las lágrimas y la despedida la pronuncian sus labios:

Adiós, mi niña, adiós mi amor.

«oh bella ciao, ciao, ciao…»

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Yo condené a una sirena

Prendado quedé de su belleza y su voz cuando la oí bajo el mar.

Pensó que me rescataba. Yo a traición la fui a buscar. Su cola entre mis redes atrapé y así enredada, su libertad le arrebaté.

La llevé tierra adentro y su piel se secó, pero no salieron dos piernas. Ese es solo un sacrificio por amor.

Su voz en tierra no se oye, solo canta bajo el mar. Así que de agua construí una atalaya, para oirla cantar.

Ella es mi refugio y mi secreto. A nadie el lugar revelaré.

Mi sirena en su atalaya la vida ve pasar, sus escamas pierden brillo y se niega a cantar.

Jamás la veré si la devuelvo. Con este secreto moriré. Mi sirena es mi tesoro. A ella no renunciaré.

Mi sirena está perdida. Pronto me iré. Ella esperará en su atalaya que la visite hoy también.

Lentamente su vida languidece. Triste bajo el agua canta. Su canción del hombre avaro trata, que la condenó a morir en aquella atalaya.

De pasiones y ternuras

Masajéame antes,
que es mi capricho.
Cumple mis sueños
con amor, te digo.

Amasa mis hombros,
luego la espalda.
Corónala regalándote
con las generosas nalgas.

Baja mis bragas,
sube mi falda,
araña mis piernas
ceñidas por unas medias.
Hunde tus dedos entre ellas
súbeme al cielo
poniéndome tus cadenas.

Acaricia mi cuello
apriétalo luego,
pero ¡dame más!
por piedad, te lo ruego.

Sube mis caderas,
besa mi locura,
bébete este,
el jugo de la pasión
oscura.

Lame mi cueva,
gira mi cintura
haz que yo baile
al son de tu lujuria.

Ahora tus manos
recogen mi pelo;
y a pelo
como más disfrutas
me lo haces
con las piernas juntas.

Arriba y abajo, todo un frenesí
¡cómo me gusta que beses mi carmín!

Mi alma indómita
se rinde a tus caricias.
¿Para qué mi libertad,
si por ella a mí renuncias?

Nos miramos, gritamos,
en esta pasión nos quemamos.
Disfrutemos, hasta que más ya
no podamos.

Los fuegos se calman,
a su cauce las aguas.
Las olas no braman.
Me abrazas, te abrazo
y así, con los labios
sellamos nuestros lazos.

Si me vas a querer…

Si me vas a querer, que sea sin obligaciones.
Que sea por deseo, que me quieras ver.
Libres, ambos, para querernos,
como nosotros más queramos.
No me quieras por pena,
ni me llames por compromiso
Pues Amor es libre,
nunca cadenas quiso.
Si me quieres:
dejemos que Amor vuele.
Entre sus alas nos llevará.
Los cielos surcaremos juntos.
No querremos regresar.
Mas, en el aire, no quiero castillos
ni que de ellos me hagas tu princesa.
Pues con ellos caeré al vacío
precipitándome hacia la muerte
contra el suelo duro y frío.

La sirena

Por él perdió su voz.
Por él no dijo nada.
Ahora como espuma se disuelve
en ese océano de agua salada.

La sirena entregó su cola.
La sirena pidió unas piernas.
Para enamorar a un príncipe
que vino de lejanas tierras.

El príncipe no la quiere.
El príncipe no la ama.
La sirena está perdida;
La bruja al final gana.

La sirena no lo esperaba,
quería su cuento de hadas.
Ahora como espuma se disuelve
en ese océano de agua salada.

​Tumbada en mi cama, pienso:

¿Por qué estas distancias?
¿Por qué este silencio?
¿Por qué así me atrapas?
¿Y solo deseo tus besos?

Tumbada en mi cama
deseo tus brazos,
que beses mi cuello
y me digas «te amo».

¿Cómo llamarte si no me oyes?
¿Cómo a ti, lucero, alcanzarte?
¿Cómo pedirte «no me abandones»?

Fría siento la cama sin ti…
No hay paz ni sosiego,
ni calmar puedo este frenesí.

Deseo, vodka y tequila

Tú y yo solos. Sin tocarnos, sin acercarnos. Tú y yo intentando mantener una charla casual.

Tú: camiseta y pantalones oscuros, como casi siempre. Hueles bien… mejor que bien. Sé que existen restricciones. Reglas.

Yo: Me he puesto un vestido que, sin ser parco en tela, al sentarme se subirá ligeramente. Espero provocarte un poco. Solo un poco. Quiero jugar con los límites de esas reglas, coquetear con lo que tengo prohibido. Me he hecho a la idea de que esta noche no te tendré, pero me gusta pensar que mirarás mis piernas y desearás subirme el vestido lentamente mientras las acaricias.

Tú y yo entre cuatro paredes: sacas las botellas de la bolsa y sirves un poco en cada vaso. Añades hielo y algo con lo que rebajar esos casi 40º. Me pones mala cara cuando te digo que la mía no la cargues mucho. Me pones mala, malita… me pones, a secas. Quiero mantener la cabeza fría el mayor tiempo posible, porque estoy nerviosa. Las botellas nos acompañan de la cocina al salón y de camino añadimos una petaca y dos vasitos. Debo serenarme, aunque no se me dé bien.

Tú y yo sentados en el sofá. Los tragos corren. Yo me pierdo en la conversación, cada vez más influenciada por el alcohol. Sé que me río; sé que me estás dando más de beber de lo que yo podré aguantar esta noche, pero algo me impele a seguirte el juego, nunca he sabido negarme. Espero que mi mirada no me delate demasiado. Al menos no todavía, mientras aún podrías leerla y aprovecho que te levantas a buscar hielo para mirarte a hurtadillas. Tu figura delgada, siempre vistiendo manga corta. Andares un poco desgarbados. Brazos largos. Pelo corto: como me gusta. Intento recomponerme mientras no estás; recuperar la compostura… solo para caer más hondo cuando regresas.

Tú y yo cada vez más cerca, como si no nos diéramos cuenta; pero sí… Al menos yo sí soy consciente del calor que desprende tu piel aun sin tocarla ¿podría ser el calor de mi propio cuerpo lo que percibo? No esperaba esta situación, esta tensión me seca la boca y necesito beber más a menudo de lo aconsejable. No quiero estar en esta tesitura… Pero mentiría si dijera que no deseo romper las reglas esta noche de vodka y tequila. Tú hablas. Estás muy hablador hoy ¿Puede ser que estés nervioso? Me gusta oírte; me gusta imaginarte nervioso por mi cercanía, por la electricidad del ambiente y que no sé si es o no imaginación mía.

No sabría decir si te estoy escuchando, aunque participe, porque mi mirada va de tus ojos profundos a tu boca, después a tu garganta. Tu nuez prominente me llama; quiero lanzarme a por ella, cada vez me cuesta más no hacerlo. Me derrito cuando una de tus manos se posa en mi rodilla, como por casualidad. Me derrito entera imaginando que no ha sido un movimiento casual, aunque espero que te parezca que no le doy importancia. ¿Por qué este gesto si nunca lo habías tenido conmigo?

«Qué manos tan pequeñas» dices. Mi mente viaja por ocurrencias bochornosamente lúbricas. El alcohol y la libido me nublan. La idea de una de tus manos rodeando mi cuello me estremece y no puedo evitar relamerme como si el trago que acabo de dar hubiera dejado restos en mis labios.

Tú te empeñas en taparme. Dices que estoy fría… Doy gracias a mi piel por ocultar tan bien que en este momento soy fuego. En un pequeño rincón de mí, velado por el calor que siento, algo tintinea con el tierno gesto que has tenido al cubrirme para que no me enfríe.

Más tragos… y una ronda de tequila. Se me hace agua la boca, viendo húmedos tus labios tras beber de tu copa. ¿Cómo sabrá en ellos el vodka? ¿Y el tequila? ¿Me acordaría acaso de su tacto después de tanto tiempo sin probarte?

«¿Te has preguntado alguna vez…?» Ahora sí que me quedo helada por dentro durante lo que me parece una eternidad y resultan ser segundos fugaces en los que mis vísceras ordenan dibujar una gran sonrisa y asentir con la cabeza. Mi mente, empequeñecida, silenciada, no ha podido reaccionar a tiempo. Pero sí impele a los dientes a morderme la lengua para no decir una palabra más. Formula una etérea réplica ¿A qué viene esta pregunta? Que no sale de mis labios. A estos los sello con el borde del vasito lleno de tequila… deseando que no hayas visto la vehemencia de mi gesto. No me atrevo a seguir fijando mi mirada en tus ojos, que me traspasan.

En este momento en que la tensión del ambiente podría cortarse con un cuchillo, recuerdo un favor que me hiciste, por lo visto te ofendería si te lo devolviera… Yo me admito a mí misma que no te negaré tres veces llegado el momento. Cada vez más cerca, tú y yo…

Tú y yo entre cuatro paredes, tú y yo quemándonos por dentro. Tú y yo sin más reglas que las de nuestro particular juego, nada importa ya… todo estalla en llamas. Alimentado el fuego con deseo, vodka… y tequila.